27 de diciembre de 2008

Biografías: Emilie Pelzl Schindler

Emilie Pelzl de Schindler



Nació el 22 de octubre de 1907 en Alt Moletein, condado de Hohenstadt, Checoslovaquia, en el seno de una familia acomodada que cosechaba lino, trigo y centeno, y que debía trabajar muy duro para conservar su nivel de vida. Emilie tenía 7 siete años cuando estalla la primera Guerra Mundial y su padre es reclutado como soldado. Afectado física y emocionalmente por sus vivencias en combate, a su regreso el padre de 40 años se postró en cama y nunca más volvió a levantarse.

En cuanto Emilie cumple 14 años, su madre la envía a estudiar a un convento. Posteriormente se matricula en una escuela de agricultura, en donde estudia por tres años. Al cumplir los 20, regresa a su casa y conoce a un muchacho que vendía motores con su padre, para proveer de electricidad a las granjas. El chico se llamaba Oskar Schindler. Se casan el 6 de marzo de 1928 en Zwittau, pueblo natal de su flamante marido y ahí se establecen, en casa de sus suegros.

En 1935, Oskar es contratado por el Servicio de Contraespionaje para detectar y perseguir a espías extranjeros en Polonia. Durante ese tiempo, Emilie le ayuda como telefonista, recibe mensajes, escribe a máquina, lleva recados, entre otras tareas a las que sumaba su rutina de ama de casa. Un día la policía entra al domicilio de los Schindler buscando confirmar el espionaje del marido y encuentran documentos incriminadores. Trasladan a Oskar a prisión y lo condenan a muerte. Sin embargo, la invasión alemana a Checoslovaquia le salva la vida.

En 1939 muere la madre de Emilie y a poco su padre fallece de tristeza y soledad. En ese mismo año el gobierno checoslovaco se rinde ante al Tercer Reich. Oskar empieza a relacionarse con los altos jerarcas nazis en Cracovia –su base en Polonia–, adonde se muda; Emilie lo visita dos veces por semana.

En esa época ofrecen a Oskar administrar una fábrica de enlozados, propiedad judía, y en 1941, Emilie –de 34 años– se muda a Cracovia, situada a 50 kilómetros de Auschwitz, y aprende a hablar polaco.

La relación de Oskar y la Gestapo mejora día con día, gracias a su carisma y a sus múltiples amantes, lo que Emilie no ignoraba y por lo que sufría mucho. En esos años ella enferma de la médula espinal y es hospitalizada en Berlín; después es enviada a Austria para recibir tratamiento, tiempo en el cual nunca recibió visitas de su esposo, quien pretextó mucho trabajo. Una vez sana, regresa a Cracovia.

En 1942, Oskar se hace cargo de la fábrica de enlozados y firma un acuerdo de compra-venta con tres socios judíos, sin imaginar que esto permitiría salvar del holocausto a mucha gente. Parte del trato era emplear a judíos del guetto de Cracovia.

Al año siguiente, un viaje de Emilie a Mahrish Ostrau la acerca aún más al horror nazi: presencia un bombardeo que mata a 2 mil personas. Más tarde conoce a Amon Goet, comandante del campo de concentración de Plaschow, cuya crueldad y cinismo dejan honda huella en ella.

La segunda Guerra Mundial avanza. Mientras Emilie pelea en el mercado negro la comida diaria, Oskar hace tratos para comprar una fábrica de municiones en Brunnlitz y llevarse a todos los judíos que laboraban en la factoría de enlozados.

El matrimonio Schindler no ignoraba las consecuencias de su trabajo a favor de los judíos. Emilie vivía en un constante estado de nerviosismo; conocía de sobra la pesada bota del nazismo. No obstante, prosigue su labor y consigue el permiso para comprar la fábrica de municiones. Se mudan a Brunnlitz en 1944.

En su trabajo, los Schindler pasaron enormes sobresaltos. Es sabido que con una bolsa de diamantes compraron la liberación de un numeroso grupo de presas judías destinadas a Auschwitz. Y es Emilie quien se encarga de regresarlas a la vida, pues las recibió en un estado de inanición total.

Durante el tiempo que administraron la fábrica, Emilie tuvo a su cargo la pesada tarea de procurar el alimento a todos los trabajadores, recurriendo a toda su creatividad y don de gentes. No es, pues, extraño que llegara a fumar 40 cigarrillos diarios. Además de ayudar en la fábrica, tenía que atender en su casa a los altos mandos del Tercer Reich, con quienes su esposo contemporizaba a fin de que no le cerraran la fábrica.

El 9 de mayo de 1945, los altavoces de la fábrica anuncian la rendición alemana y el fin de la guerra. El matrimonio Schindler se despide de los obreros, hace maletas y huye. En el camino se deshacen de sus pasaportes y documentos; viajan con un grupo de judíos de la fábrica, quienes los ayudan a atravesar Europa e informan a la Cruz Roja lo que el matrimonio hizo por ellos. En uno de los refugios, la pareja conocen a un oficial norteamericano apellidado Klein, quien los protege para que salgan a Suiza. Años después, Emilie lo volvería a encontrar en Estados Unidos.

Durante algunos años, la organización judía Joint los ayudó con dinero y víveres, muy difíciles de conseguir en la postguerra. En esas fechas Emilie se embaraza, pero su menguada salud y las privaciones le provocan un aborto y queda imposibilitada para tener otro hijo.

Los Schindler viven cinco años en Ratisbona y después la Joint les consigue boletos para abordar el último barco que sale con refugiados hacia Argentina, donde tienen que residir, pero no pueden llevar a Traude, sobrina de Oskar, a quien Emilie quería como a una hija y cuya separación le causa un inmenso dolor.

Ya en Argentina son contratados para criar aves de corral y gallinas ponedoras en una finca de San Vicente, cercana a Buenos Aires. Durante ocho años Emilie trabajó duramente; su marido no le ayudaba gran cosa. Un día Oskar llega con un cargamento de nutrias; la idea es confeccionar abrigos que los harán millonarios –le dice a ella. La realidad fue que Emilie enfrentó el reto sola, y sola se quedó con un negocio fallido y lleno de deudas.

En 1957 el gobierno alemán promulga una ley que indemniza a todos aquellos que hubieren perdido sus propiedades y negocios durante la guerra. Oskar parte a Alemania para recuperar el dinero del matrimonio, pero “nunca más regresó”, dijo Emilie en entrevista. Se quedó sola, en un país extraño, sobreviviendo entre deudas enormes. Su única compañía fueron sus adorados perros y gatos.

En 1963, la organización judía B´nai B´rith ayuda a Emilie a vender la finca para saldar sus pendientes económicos. Esta misma agrupación le otorga una casa y varios judíos se ocupan de darle una pensión. Ella tenía entonces 56 años. El gobierno alemán también le da un apoyo económico regular, con el cual vive hasta hoy.

En 1993, Emilie recibe una carta de Steven Spielberg, director y productor de La lista de Schindler –película premiada con varios Oscar–, junto con un boleto para que viaje a Israel y aparezca en la última parte del filme. Se dice que la película rescató a Emilie del olvido, es cierto. Pero su portentosa labor quedó opacada por Oskar, quien fue el centro de todos los reflectores y se llevó las palmas, dejando a Emilie prácticamente en la sombra.

La película tampoco descubre esa otra parte del marido, cuya calidad humana deja mucho que desear después de abandonar a su compañera en los momentos más difíciles.

Luego del éxito de la película, la anciana fue recibida por el entonces presidente William Clinton, el papa Juan Pablo II y el Gran Rabino. Finalmente, su encuentro más emocionante lo tuvo con su sobrina Traude, a quien volvió a ver luego de 46 años.

Durante sus años finales, Emilie Schindler fue entrevistada por múltiples diarios, televisoras y revistas internacionales. Ella siempre les narró esa otra parte de la historia de La lista de Schindler, que hoy recuperamos en todamujer.com como un mínimo reconocimiento a su impresionante labor.

La querida Emilie falleció el 5 de octubre de 2001 en un hospital de las cercanías de Berlín, Alemania. Su recuerdo permanecerá siempre entre nosotras.

Conjurado por Betty

5 comentarios:

  1. Este es uno de los casos por lo que una siente orgullo de ser mujer.-

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  2. Tenés razón Pinchi...pero también me averguenza, porque tantos sufrimientos los de esta mujer y la hicieron mejor personas...y yo a veces reniego por tantas bolucheces y me ahogo en un vaso de agua

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  3. Y a pesar de toda su fuerza y heroísmo no dejó de ser una mujer sometida a su marido. Épocas crueles.

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Namasté!!