6 de noviembre de 2009

La historia del anillo


Desde hace miles de años usamos los anillos por motivos estéticos, pero también para resaltar nuestro poder, fidelidad o compromiso.

Según la mitología griega, el inventor de los anillos es ni más ni menos que el padre de todos los dioses. Ocurrió cuando Zeus montó en cólera porque Prometeo había entregado el fuego sagrado a los hombres, y le castigó a permanecer encadenado a una roca durante siglos. Al liberarle, obligó al titán a llevar para siempre en el dedo un eslabón de la cadena, que llevaba unido un trozo de la roca.

Con el tiempo, los anillos gozaron de mejor reputación y empezaron a regalarse como un motivo de honra. Entre los antiguos romanos, los esclavos llevaban sortijas de hierro, los libertos podían usarlas de plata y los nobles, de oro. En el siglo III, el emperador Alejandro Severo permitió a todos los ciudadanos llevar estos últimos. Estas sortijas se grababan con el nombre, las iniciales o el escudo familiar, en un espacio más ancho como el que aún hoy mantienen los sellos.

Una garantía del emisor

Estos relieves se utilizaron durante mucho tiempo para dar forma al lacre que sellaba una correspondencia, garantizando así la confidencialidad y la identidad del emisor. Los romanos fueron también los primeros en utilizar el regalo de anillos como símbolo de compromiso en el desposorio. Eso sí, la idea de vincular un anillo –un círculo– a lo que no tiene fin ya estaba presente miles de años antes entre los egipcios, cuyo adorno más popular era un aro de cobre donde se engarzaba un escarabajo sagrado de esteatita verde.

En el pasado, las sortijas también fueron en gran medida amuletos. No olvidemos que el término deriva de suerte. De hecho, era frecuente atribuirles propiedades mágicas sobre cuestiones complejas, como volver invisible a su portador, tal como se cuenta en El anillo de Giges, de José de Cañizares (1676-1750). Los hallazgos arqueológicos nos dicen que los antiguos hacían anillos de muchos materiales: oro, plata, hierro, cobre, bronce, vidrio, alabastro, cornalina, calcedonia, ágata, marfil, ámbar, azabache...

Belleza y dureza

En esencia, la clave era buscar materiales hermosos y resistentes a los agentes químicos. La belleza en su tratamiento los convertiría en ornamentos y símbolos de gran trascendencia. Los anillos de hoy son, ante todo, adornos en los que se conjugan los metales más bellos y complicados de oxidar con las piedras más difíciles de rayar.

Lo importante es el metal

El metal preferido para los anillos es el oro, un material muy difícil de atacar por los agentes químicos. El oro puro –24 quilates– es algo blando, pero su dureza puede mejorarse mezclándolo en aleación con otros metales. Aunque se hace oro de 14 quilates, que posee un 58% del mismo, el que más se usa en joyería es el de 18 quilates. Este lleva un 75% de oro en aleación con metales que le dan diferentes colores:

Amarillo: 12,5% de plata y 12,5% de cobre.

Blanco: 16% de paladio y 9% de plata.

Rojo: 25% de cobre.

Rosa: 5% de plata y 20% de cobre.

Gris: 15% de níquel y 10% de cobre.

Verde: 25% de plata.

Fuente: La Web

5 comentarios:

  1. MIRA QUE HISTORIA!! ME GUSTAN LOS ANILLOS MAS QUE LAS PULSERAS,DE ORO NO,DE PLATA!!!!

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  2. \\\///
    (O_O)
    Hola, gracias por esta información, la verdad q no tenia ni nocion del origen de los anillos.
    Un beso enorme¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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  3. Jolín Betty, eres una auténtica maestra en ilustrarnos con cosas realmente interesantes o al menos a mi me gustan todas.
    Un besazo y buen finde. MUAC

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  4. Siempre enseñándonos.

    Gracias!

    Por cierto, a mí me encantan los anillos, aunque la mayoría que tengo son de plata. El oro es demasiado caro...

    Un besote guapa

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  5. Muy interesante, como siempre. Me encantan los anillos, en todos los dedos!!

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Namasté!!